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Revista digital
Reforma Constitucional de 1994
15.04.2015

CAFIERO: “EL CONSENSO NO ES UNA CUESTIÓN ARITMÉTICA”

Debates a 20 años: LA CONSTITUYENTE DE 1994 Y LA AUTONOMÍA PORTEÑA | En el debate sobre el Pacto de Olivos, en la Convención Constituyente de 1994, Antonio Cafiero destacó la grandeza de los viejos líderes como Perón y Balbín, y los del 94 (Menem y Alfonsín) en la construcción de la democracia.
“… Soy un veterano de la política argentina, pero no por eso dejo de tener sueños de juventud. Creo que el sueño, la utopía, esa convicción que siempre nos lleva a tratar de superar la frontera de lo posible, es la condición básica del político. Si no estuviéramos acá convencidos de que tenemos capacidad para transformar la sociedad sería mejor que nunca hubiesemos abrazado esta vocación que al decir de algún Papa es, después de la vocación religiosa, la más noble de todas.
Los sueños juveniles forman parte de nuestras convicciones. El día que nos los amputemos, habremos dejado de ser lo que hemos querido siempre ser y habremos perdido definitivamente la identidad que seguimos abrazando desde hace cincuenta años, cincuenta años.
He vivido diferentes etapas de la vida política nacional. Me ha tocado protagonizar –como se dijo acá– el duro período de los conflictos exacerbados. ¿Quién va a negar que los peronistas asumimos el conflicto en toda su dimensión cuando nacimos a la vida política? Yo no puedo menos que recordar un episodio que hace a la historia reciente y alumbra de alguna manera las deliberaciones de esta Convención. Fue allá, en noviembre de 1972, cuando se comenzó a hablar de la entrevista entre Perón y Balbín. Al enterarse de que Balbín quería ir a su casa de Gaspar Campos a visitarlo, Perón se preguntó extrañado: “¿No será un error? No puedo creer que Balbín se anime a visitarme.” Y Balbín, recordando después ese episodio de anticipada armonía política, dijo lo siguiente: “Qué cosa curiosa. Fue como dejar atrás todo lo de ayer y empezar un camino nuevo.” Así que todo resultó fluido, fácil, cordial. Perón mencionaba como un ejemplo el Acuerdo de San Nicolás, es decir una Constitución de unión nacional.
Cuando Balbín saltó el cerco de la casa de Perón fue como si se cayera entre nosotros el muro de Berlín de nuestras intransigencias más absurdas. Supimos superar treinta años de confrontaciones y disputas, estériles muchas de ellas, pero por las que se filtró la posibilidad de los golpes militares. Si la madurez que ahora reflejamos en esta convención reformadora la hubiesemos esgrimido a lo largo de toda la vida institucional de la República, no hubiéramos sufrido las dictaduras, todavía tendríamos con vida a esos treinta mil muchachos desaparecidos y nos hubiéramos ahorrado nuestras cárceles, nuestras heridas, nuestros exilios y nuestras proscripciones. Por eso el consenso no se mide ni se compra: es un estilo de política. (Aplausos) No se puede establecer en un frío porcentaje. El consenso básico es lo que nos une a todos; a estas dieciocho manifestaciones de política argentina aquí presentes. No excluyo a nadie del consenso. Tarde o temprano tendremos que abarcar incluso a las más renuentes y condenados por su pasado, porque todas son expresiones válidas de la política nacional. Lo único que acá no tiene consenso es el autoritarismo y la dictadura. Fuera de esto todos somos argentinos encolumnados en un mismo propósito: transformar la realidad, avanzar hacia el progreso humano y darnos una Constitución que refleje las grandes tendencias de la humanidad del siglo XXI.
¡Cuánta verdad, cuánta grandeza! Señor presidente: es allí cuando nace a la luz del día el consenso entre los argentinos y la reconciliación entre las dos grandes fuerzas políticas. Tenemos nuestras identidades a las que no vamos a renunciar; seguiré siendo peronista hasta que se acaben los tiempos, y espero que los radicales sigan siéndolo con la consecuencia que su tradición enseña. (Aplausos) Pero sepamos que de nuestra confrontación recíproca se han alimentado los peores males que vivió la República. Tengamos memoria de lo que esos líderes comenzaron a forjar hace veinte años y que ahora se quiere desacreditar, bajo interesadas menciones a la presunta naturaleza espuria de este acuerdo. 
Quiero sacarme esa pesadilla de encima. Este Pacto no es –como se intenta decir– la obra de dos autócratas. Digámoslo claramente: este no es el pacto de Hitler y Stalin repartiéndose Polonia. Integramos dos fuerzas que nacieron a la vida política de la Argentina, una hace más de cien años y la otra hace cincuenta años. Juntas sumamos casi toda la existencia histórica de la Nación. Por eso podemos decir que hemos atravesado todas las vicisitudes de la vida política de la República. Ustedes han sufrido persecuciones y exilio; nosotros también. (Aplausos prolongados)
Lo nuestro no es una imposición autocrática. Incluso el peronismo no tenía mucha trayectoria ni mucha experiencia sobre la vida democrática interna cuando fundaron la renovación peronista –lo sabe mi amigo el “Chacho” Alvarez y muchos otros amigos que están del otro lado, transitoriamente, espero– (risas y aplausos). Tampoco nos resultan ajenos a nuestra sensibilidad los viejos slogans nacionalistas. Sigan recitándolos algunos convencionales aquí presentes, pero modernicen el lenguaje y olvídense de las aventuras violentas, que el peronismo no renuncia a sus raíces, pero nunca será partidario de pintarse la cara porque por algo fue primero a poner “las patas” en la fuente de la Plaza de Mayo. (Aplausos)
Les digo fraternalmente que se equivocan quienes nos critican. No hemos hecho ningún “trato pampa”. El acuerdo es una parte sustancial de la historia política de los argentinos. Y no hablo sólo de los pactos preexistentes de la Constitución. No olvidemos que Juan Lavalle durmió en la tienda de Juan Manuel de Rosas, a la que se presentó siendo su enemigo más feroz. Aquella famosa conversación fue conocida como el “Pacto de la Siesta”, y con él hubieran podido ahorrarle al país treinta años de luchas civiles. Incluso, Roque Saénz Peña negoció con Hipólito Yrigoyen la sanción de la ley de reforma electoral de 1912, que abrió las puertas de la República a la hegemonía radical. Eso significó otro acuerdo que le dio al país décadas de democracia. 
Por eso, discúlpenme señor presidente y señor convencional Auyero, por esta larga interrupción, pero agrego lo siguiente: elevemos el nivel de nuestro debate. La ciudadanía nos mira y no encuentra en nosotros todavía las respuestas que espera. No se nos escapa que la clase política hoy está, de alguna manera, cuestionada por muchos ciudadanos defraudados, con razón o sin ella, pero sobre todo por quienes no creen en la democracia y asocian nuestras conductas con actos equívocos y poco transparentes. (Aplausos) No demos armas a nuestros enemigos. Ellos no están aquí entre nosotros. Ellos están afuera del recinto y del sistema democrático, esperando ver cómo nos caemos a pedazos. (Aplausos) 
Levantemos el espíritu de esta Convención, señor presidente. Yo sé que es difícil hablar de ideas y valores. Sé que en un tiempo que está cargado por el subjetivismo ético, por el relativismo de los valores y por la cultura ligera, donde no hay valores permanentes, donde parece que todo vale, es difícil sostener que somos un grupo humano que todavía predica la existencia de valores, de creencias y certidumbres. Pero sin ellos, esta Constitución no tendrá el significado histórico que le queremos dar. (Aplausos prolongados. Varios señores convencionales rodean y felicitan al orador.)●